El 24 de agosto L. M. cumplió 28 años.
Dos días después tuvo que ir al dentista. Un horrible dolor de muelas. El médico le recibió de urgencias. Tras practicarle una radiografía, comentó, “Endodoncia. Es la única solución”. Y complicada además. “Joder”, pensó, “tiene la raiz de la muela doblada hacia dentro. Esto va a doler…”
Inmediatamente se puso manos a la obra. Dos horas después le había vaciado el nervio. Tres sesiones después, justo cuando iba a taparle la cavidad, le advirtió, “L., no cierres ahora la boca que te puede entrar algo”.
Y L. M. cerró la boca. Como un parpadeo, en un acto reflejo en el que nadie reparó.
Y allí, siguiendo la corriente de aire acondicionado, entraron dos diminutas bacterias.
Y el dentista hizo su trabajo. Cerró la cavidad con empaste, la cubrió con porcelana y la selló con metal.
L. M. murió a los 57 años, veinte y nueve después de aquella visita al dentista.
Allí, en aquella cavidad, entre las paredes de una muela inerte, en un cadáver encerrado dentro de un ataud y aprisionado por una losa de imitación de granito, hoy vive, aislada y a oscuras, una próspera colonia de bacterias, semejantes a las que viven dentro de rocas, aisladas y a oscuras, a varios cientos de metros de profundidad bajo la superficie de la tierra.
Y sobrevivirán así varios cientos de años.