A L. M. siempre le gustaron las coincidencias. Incluso las buscaba conscientemente. Las coincidencias; no las casualidades. Estas siempre le aburrieron, por eso que tienen que hace que busquemos en ellas algo de causal, de concatenación entre causas y efectos. Le fastidiaban. Le desagradan. No así las meras coincidencias.
Desde hace mucho tiempo colecciona concidencias horarias. Las 23:23; la 01:01; las 13:13… Incluso las horas capicúa, las 21:12, aunque estas le atraen menos. En cierto sentido le recuerdan a los números primos.
Pero también colecciona otras menos abstractas, más físicas. Como cuando se asoma, ya de noche, por la ventana pitillo en mano y piensa cuánta gente habrá en ese momento, también apoyada en el alfeizar, también con el pitillo en la mano. O cuántas hombres estarán besando el pecho de su pareja mientras él besa el pecho de la suya. O cuántos padres habrá leyendo el cuento de “Morgan, el despistado” a sus hijas antes de dormir…
Incluso ahora mismo, se está preguntando cuánta gente habrá escribiendo una entrada en su blog. Incluso, se pregunta, cuánta gente estará escribiendo esta misma entrada. Esta misma frase. Este mismo punto y final.