Archive for March, 2008

chirimiri sensorial

Tuesday, March 18th, 2008

Hay días en los que mi cabeza está sometida a una constante lluvia de estímulos. Como si hiciera un chirimiri sensorial. Una lluvia fina y constante de destellos y sonidos. Y como no hay hombre del tiempo que lo prevenga, yo hoy he salido sin paraguas.

el espíritu vengador

Tuesday, March 18th, 2008

Cada vez que un físico va a publicar por qué los espíritus no existen, los espíritus van y lo matan.

tiempo y espacio

Tuesday, March 18th, 2008

El tiempo es lo que hace que no todo pase a la vez. El espacio es lo que hace que no todo me pase a mi.

la metafísica es la astrología de la alta cultura

Tuesday, March 18th, 2008

En la biblioteca pública de mi pueblo, todos los libros están dispuestos de manera que si lees la primera letra de cada título por el orden en el que están colocados, acabas leyendo tu veredicto en el juicio final.

mi abuelo, el hermano de mi tatarabuelo y su mono

Tuesday, March 18th, 2008

Según mi abuelo, el hermano de mi tatarabuelo fue aquel personaje extravagante que hay en todas las familias. Pero en vez de ser maqui, haber hecho las américas o ser cura, era un hombre profundamente romántico y por eso tozudamente aventurero. Amante de la buena vida, las mujeres y las emociones, pasó más de una quincena de años viajando por áfrica, disfrutando de sus días, gustando mujeres y no ganando para sustos. Llegado una edad ya madura, alrededor de los cuarenta, decidió volverse a su tierra natal para retirarse y descansar. Con la fortuna que había amasado durante tantos años se compró una casita de estilo colonial con vistas a la bahía de Cádiz y se dedicó a ver pasar la vida y escribir sus memorias.

Todas las tardes que el tiempo lo permitía, y en el sur de Expaña, eso quiere decir muchas tardes, justo antes de que el sol se posase, salía al porche de su casa y entre los arcos se preparaba para escribir. Todos los días la ceremonia era idéntica. Un manojo de hojas y la pluma, el tintero y el papel secante, un candil y una caja de cerillas para cuando el viento de Levante apagara la llama y, sobre todo, la compañía del único amigo que se había traído de Africa, un hermoso ejemplar de chimpancé macho que un día agraciado conoció en la jungla.

Así pasaba aquella tarde, sentado a escribir un capítulo más de lo que serían sus memorias y que, desgraciadamente, nadie en la familia ha visto jamás. Recuerdos por los que hoy daríamos un riñón. ¡Anda que no hemos fantaseado de niños con las correrías africanas del casi tatarabuelo! Que si habia llegado a ser rey de una tribu; que si era un guerrero tan temido y respetado que los leones reverenciaban su paso; que sus descendientes -imaginábamos miles, millones de negritos con nuestras mismas caras…

Así pasaba aquella tarde hasta que sucedió la tragedia.

Aquella tarde el Levante soplaba igual que el día anterior y que el otro y que el otro. Sólo los que han vivido en aquella región de Andalucía pueden imaginarse cómo sopla allí el viento cuando el viento decide soplar: durante semanas, incluso meses, uno puede levantarse de la cama y acostarse por la noche sin que haya dejado de soplar un solo segundo. Allí los suicidios siempre son achacados al viento, tan desesperante puede llegar a ser. Aquella tarde, como muchas veces antes, el viento había vuelto a colarse entre las arcadas del porche. Zumbón, decidió ponerse a jugar con el candil y la llama danzarina. Al cabo de unos instantes un soplido un poco mayor lo tumbó apagando la vela.

Ante el pasmo de su dueño, pasmo que con los segundos crecería hasta convertirse en terror, el chimpancé decidió tomar la iniciativa e hizo lo que había visto a mi pariente hacer muchas veces antes: enderezó el candil, cogió la caja de fósforos, la abrió, sacó una cerilla, la prendió y, por fin, encendió la vela. Mi tío tatarabuelo no se lo pensó dos veces. Entró en casa, cogió el revolver y le voló los sesos al jodío mono.

“Si era capaz de encender una vela era capaz de cualquier cosa” se excusaba, con lágrimas en los ojos, mi antepasado. O así, por lo menos, lo contaba mi abuelo.

estrabismo

Tuesday, March 18th, 2008

Llevo unos días en los que mis movimientos están desincronizados. Quiero coger el azúcar y tapo el tarro de café. Me voy a subir la cremallera y me ajusto los cuellos de la camisa. Lo cierto es que al principio lo encontraba incómodo, pero ahora pienso que es la forma que tiene mi cuerpo de alegrarme el día mediante pequeñas sorpresas inocuas. Esta mañana, por ejemplo, he tirado más de tres veces de la cadena mientras intentaba colgar la toalla después de la ducha. Y ahora, por ejemplo, iba a lavarme los dientes y he escrito esto.

el ave del paraíso

Tuesday, March 18th, 2008

L. M. se embarcó en solitario con destino a Cuba por primera vez en 1929. Durante al menos tres meses, estuvo preparando el viaje. Reservas de agua y comida, repuestos para el velamen y herramientas para arreglar cualquier desperfecto, cartas náuticas actualizadas e incluso lecturas para más de noventa días, que era lo que predecía iba a durar la travesía. Libros que pensaba donar en cuanto llegase a la isla. Cuando tuvo todo preparado y a bordo, decidió que haría escala en Canarias antes de emprender la singladura definitiva hasta La Habana. Pero en el archipiélago un viejo marinero le hizo una recomendación: Deberías llevar contigo alguna compañía, alguien con quien puedas hablar. La soledad, concluyó el lobo de mar, ha matado tantos navegantes como las tormentas. Y tras reflexionar que quizá los libros no fuesen compañía suficiente, se compró un canario, amarillo con pintas verdes y rojas, una amplia jaula de estaño y alpiste suficiente como para alimentarlo durante un año. Al día siguiente embarcaron los dos con destino a Cuba.

Al cabo de dos jornadas de travesía, cuando la tierra canaria ya se había ocultado por bajo la línea del horizonte y se encontraban en mitad de una inmensa nada de agua salada, L. M. comenzó a sufrir los primeros achaques de soledad. Y comenzó a hablar con el pájaro. Colocaba la jaula junto a él, colgada allí de un saliente cercano a las jarcias y le contaba su vida. Por qué se había embarcado, qué esperaba encontrar en la isla tropical y aún esas otras cosas, por disparatadas que fueran, que se le iban viniendo a la cabeza de forma espontánea. Al principio le causaba extrañeza estar allí hablando solo, pero pronto se acostumbró a la compañía del canario. Se había convertido en su compañero de viaje. Más que eso, se había convertido en el segundo de abordo, en su tripulante. Por eso, al tercer día lo bautizó don Rodrigo Díaz de Xeréz, como el contramaestre de Colón. Por las mañanas, mientras L. M. se preparaba el café le preguntaba qué tal había pasado la noche. Después al mediodía, cuando el sol colgaba en todo lo alto, le consultaba si ya tenía ganas de comer o prefería retrasar la comida hasta media tarde, justo antes de la caída del sol. Y ya por la noche, le deseaba un descanso reparador. Y con el tiempo, L. M. llegó a interpretar los gestos del animal como respuestas a sus comentarios. Sí, he dormido bien; gracias, pero todavía no tengo hambre; e incluso, buenas noches L. M. A lo que L. M. respondía con una orden seca y tajante, ¡A dormir, don Rodrigo!

Pasaron los días y con ellos las horas de plácida navegación. Llegaron las borrascas, las marejadas y los vientos, si no huracanados, sí de los nudos suficientes como para escorar el barco más de lo que el equilibrio agradecía. L. M. nunca supo si fue porque la inestabilidad le afectaba a él o al pájaro o a ambos, pero con los vaivenes de la embarcación comenzó a sospechar que la comunicación entre ellos ya no era tan fluida. Será que se está mareando, pensó. Las respuestas a sus palabras ya no eran tan rápidas. Incluso parecía que ya no prestaba tanta atención a sus palabras: ni le miraba tan fijamente mientras hablaba ni asentía con aquel subibaja del pico tan gracioso, como si estuviese picando el aire. Ni siquiera le ofrecía esos trinos matinales que tanto le agradaban.

Pero lo peor no había llegado todavía. En cuanto sobrepasaron el paralelo meridional, de la borrasca pasaron a la tormenta, Una tarde el cielo se oscureció antes de hora y un manto negro cubrió sus cabezas. Era un mal presagio. L. M., que aún no estaba muy ducho en las travesías atlánticas, prefirió ser prudente. Cuando lo consultó con don Rodrigo le pareció que este también le aconsejaba que actuara con sensatez. Así que recogió el velamen, destensó los cabos, comprobó que no quedaba nada suelto en cubierta y, tras tomar la jaula, acomodó a su amigo y tripulante en su camarote. Efectivamente, a los pocos minutos comenzó a soplar por barlovento un fuerte viento, preludio de la intensa lluvia que no tardaría en caer. Una cortina de agua tan densa, tan espesa que ni siquiera dejaba ver las olas de más de diez metros que sepultaban la embarcación para volver a resurgir justo antes de caer sumergida de nuevo por otro muro de agua salada. Viento, lluvia y olas inclinaron la nao hasta que el borde de la cubierta rozaba la línea del mar. Mientras la quilla no asome, no hay peligro, suspiraba L. M. sin poder siquiera mirar por la escotilla a ver si asomaba o no. Tan estremecido estaba.

Pasaron las horas, pero no las olas. Ni tampoco amainaron las lluvias ni el viento. Pero la embarcación resistía y con ella los ánimos de L. M. Y de don Rodrigo. Allí dentro, mientras el maderamen crujía ante las embestidas del tiempo inclemente y ellos eran sacudidos como dos dados en un cubilete, L. M. decidió que tenían que hacer algo para distraerse. Para distraerse y alejar el miedo. Comenzó a hablar otra vez con su pájaro y este, quién sabe si también empujado por la turbación, comenzó a responder como lo hacía los primeros días, cuando todo, incluso su amistad, era nuevo para ellos y el tiempo aún no iba en su contra. ¿Te apetece comer?, preguntaba uno; no, no tengo hambre todavía, respondía el otro. Esta ola parece que ha sido más pequeña que la anterior, afirmaba, esperanzado, uno; sí, mucho más, contestaba, también esperanzado, el otro. Y así siguieron departiendo, ola va ola viene, hasta que una sacudida fatal descolgó la jaula y la estrelló contra la pared del camarote. L. M., asustado, corrió hasta aquel amasijo de alambres y alpiste en busca de su compañero de viaje. Don Rodrigo, ¿estás bien?, gritó lastimero el capitán. Y enseguida vio cómo el pájaro asentía con ese subibaja de pico que tanta gracia le hacía. ¡Estaba bien! No había sido más que un susto, y la única víctima que había que lamentar era la jaula. Se había destrozado. L. M., después de asegurarse que su amigo se encontraba a salvo y posarlo encima de su litera, intentó arreglarla. Pero desenmadejar aquella madeja era tarea de chinos, y mucho más en aquellas condiciones, con el barco moviéndose de un lado a otro sin parar. Se sentó a los pies de la litera y siguió hablando. Menos mal que no te ha pasado nada, dijo. Menos mal, asintió de nuevo don Rodrigo. Te llega a pasar algo y me tiro por la borda, sentenció L. M. Sólo ha sido un susto, sólo eso, terció el ave. Ahora que me he acostumbrado a tu compañía me sería imposible tu ausencia, dijo uno. A mi también, dijo el otro.

- ¿Crees que va a durar mucho la tormenta todavía?

- Espero que no.

- ¿Sabes lo primero que voy a hacer cuando amaine?

- No.

- Darme un baño. Atarme al barco y lanzarme al agua.

- Y yo te vigilaré desde el puente.

Y así, hablando y haciendo planes, pasaron las horas y se enfrentaron al tiempo. L. M. acabó recostado en la litera, con don Rodrigo anidado en la almohada. De vez en cuando, una ola sacudía la nave y el pájaro revoloteaba durante unos segundos, hasta que la embarcación volvía a estabilizarse, momento que aprovechaba para volver a posarse junto a la cabeza de L. M. De haber sido de la misma especie, sin duda aquella noche se hubieran convertido en amantes, tanta era la intensidad con la que se estaba desarrollando su amistad. De hecho, aunque las separaciones provocadas por la marejada no duraban más que unos segundos, a ambos les parecían una eternidad. Reencontrada la calma, no tardaron en caer dormidos.

La mañana siguiente, la tormenta, el viento y las nubes habían pasado y dejado que el sol recuperara la fuerza que había parecido perder durante la tormenta. Lucía resplandeciente en todo lo alto como un faro brilla en la noche negra. Pero los dos marineros no se despertaron hasta que los rayos que se colaban por la escotilla no les dieron de pleno en sus rostros. Entonces, ambos despertaron a la vez. Abrieron un ojo y lo primero que vieron fue el abrir del ojo del otro. Se sonrieron. L. M. se incorporó y salió a cubierta. Tuvo que cerrar los ojos hasta que se acostumbraron al brillo azul del mar. Todo estaba en calma. De pronto sintió una intensa sensación, como si su pecho se dilatara, sintió que su alma revoloteaba libre sobre un mar sin horizonte.

¿Revoloteaba libre?

¡Hostias, don Rodrigo…! No se había acordado que la jaula se había roto y ahí, a pocos metros de él, del barco, y a miles de millas de cualquier islote habitado, don Rodrigo agitaba las alas con frenesí. Su alma, su espíritu también se expandía y aquella era su forma de expresarlo. L. M. le miraba volar en derredor suyo, al principio temeroso de que no volviera jamás a posarse, pero enseguida comprendió que don Rodrigo, aunque se sintiera empujado a abandonarlo, jamás podría hacerlo. ¿Adónde iba a ir? Como mucho volaría unos trescientos metros para regresar de inmediato. Estaba condenado a revolotear libre, sí, pero jamás iría muy lejos en aquel mar sin horizonte.

- ¡Voy a darme un baño! – gritó L. M. desde cubierta.

- Sí – asintió el pájaro.

Aquella noche la dedicarían a calcular su nueva posición después de que la tormenta dispusiera de ellos a su antojo. Uno escudriñaba el cielo con el astrolabio mientras el otro consultaba las cartas marinas. Compás y medidor en mano dibujaron la deriva y concluyeron que no era tanta. Se habían desviado unas decenas de millas al suroeste. Si no ocurría otro percance aquello no les retrasaría más de un par de días. Ambos tocaron madera. Y debió tener efecto, porque no volvieron a sufrir otro contratiempo. Quizá la rotura de algún cabo, puede que hasta llegaran a preocuparse por una grieta que habían detectado en mitad del palo mayor, que creía y crecía hasta amenazar con partirlo en dos. Pero afortunadamente nada sucedió. Pusieron rumbo a La Habana y su singladura continuó. Plácida.

Tras aquella noche vino otra, y después otra, y otra aún hasta que cayeron las semanas, una tras otra, y con ellas los cientos de millas que todavía les separaban de Cuba. Días que comenzaban con don Rodrigo volando alrededor del barco, del que pendía L. M. con una cuerda mientras se daba su baño matinal. Días que terminaban con los dos amigos hablando alrededor de una mesa, comentando los pormenores de la recién terminada.

Una mañana, brillante como la anterior y brillante como la siguiente, don Rodrigo trinó de nuevo. Después de desayunar alpiste había salido a volar para hacer ejercicio y cuando ya había alcanzado una quincena de metros rompió a cantar. L. M., que primero no supo identificar la naturaleza de aquel piar, muy pronto se asomó a cubierta. Y lo que vio le provocó dos sensaciones, extrañas, encontradas. La primera, abierta y expansiva, hacía que comulgara con su el trino de su amigo; la segunda, estrecha y oscura, lo alejaba de su vuelo. Frente a ellos, a unas escasas noventa millas al noreste asomaba entre las brumas el perfil de la ansiada isla, Cuba.

Todas las islas tropicales tiene un perfil semejante. Porque todas tienen origen volcánico, todas parecen un sombrero mexicano. En su centro, en cualquiera de sus centros se levanta un cono truncado, el volcán, a veces más agudo a veces más chaparro, y a su alrededor se extiende como una alfombra una extensión de tierra más o menos larga que los habitantes de la isla han aprovechado para levantar sus casas y construir sus granjas. Si de un islote pequeño se trata, la extensión será menor y menores serán las construcciones; si se trata de una isla grande, como la isla de Cuba, al gran volcán le habrán crecido hijos que reproducirán a menor escala el mismo esquema. La misma silueta. La silueta que contemplaban los ojos de L. M. A primera hora de la mañana no era más que una sombra coronada por un cerro de nubes indistinguibles pero que, según avanzaba el día y ellos avanzaban empujados por el viento, adquiría cuerpo y presencia.

Contra lo que era su costumbre, esa noche L. M. y don Rodrigo cenaron en el camarote. Y lo hicieron en silencio. Ninguno de los dos dijo nada. Ninguno comentó nada, ni sobre lo brillantes que lucían las estrellas esa noche o lo propicios que habían sido los vientos desde la tormenta. Ambos tenían toda su atención puesta en sus respectivos servicios. Uno con la mirada fija en el plato, otro con el pico hundido en su cuenquito de alpiste. Ambos concentrados sólo en comer, como si el hecho de no reconocer que tras cada cucharada, tras cada tenedor que se llevaban a la boca menor era la distancia que les separaba de la isla, hiciera que se alejasen de ella. Antes de las doce, L. M. se acostó en su litera con don Rodrigo anidado sobre la almohada.

- Buenas noches.

- Buenas noches.

A la mañana siguiente, cuando L. M. despertó el pájaro ya no estaba allí.

L. M. siguió con su rutina diaria. Preparó café, repasó su singladura en la carta náutica y se vistió despacio. Hizo lo mismo que hacía todas las mañanas, pero esa mañana lo hizo un poco más despacio, como si le costara moverse con la soltura habitual. Y sobre todo, lo hizo solo. Por primera vez desde que zarparon de Canarias había desayunado solo, había verificado su posición solo y se había vestido solo. Pero a pesar de su soledad, siguió hablando. Espero, don Rodrigo, que hayas sabido calcular la distancia que, en el momento de echar a volar, hayas calculado bien la distancia y medido bien tus fuerzas. Salió a cubierta y comprobó que en un par de horas estaría embocando la bahía de La Habana. Y siguió hablando. Espero, don Rodrigo, que mientras volabas no hayas sentido desfallecer tus fuerzas y hayas perecido ahogado a escasos metros de la costa, como el desafortunado náufrago de la leyenda aciaga. Que en tres a lo sumo, ya habría desembarcado. Y ahora, don Rodrigo, si me disculpas, tengo que preparar la nave para el atraque.

Cuando desembarcó, ni siquiera preguntó por don Rodrigo. Sabía que, si había conseguido arribar a la isla, ahora estaría en el paraíso. Cualquiera que fuese el paraíso de las aves. Y nadie tiene derecho a arrancar a nadie del paraíso. Los libros, los mismos libros que no había abierto durante la travesía, los donó a la biblioteca del colegio más cercano. El Colegio Nacional La Aviación, aunque por aquellos entonces se llamaba Colegio Nuestra Señora de Loreto. El lector curioso todavía allí puede encontrar allí los tomos de su exigua biblioteca y contemplar su ex-libris: un canario sobrevolando un velero en mitad de un desierto atlántico, debajo del cual aún puede leerse la fecha de la compra, Madrid, 1928.


Creative Commons License