hamburguesería

L. M. desenvolvió su hamburguesa doble de carne con queso y bacon y se la llevó a la boca. Justo cuando le pegó el primer bocado, cuando el sabor de la grasa azucarada con ketchup y mostoza debería invadir sus papilas gustativas, sintió el calor amargo y negro de un café solo. Sorprendido, miró a su alrededor y vio la taza todavía humeante que su vecino de mesa acababa de sorber.

blitzkrieg

La conciencia de L. M. habla en alemán. Primero empezó regañándole a todas horas, pronto pasó a dictarle qué podía pensar y qué no y ahora ya solo se comunica con él mediante partes de guerra, emitidos todos los días a las 12:00 am. L. M. hoy se siente como Austria, invadido, y lo que es peor, sabe que pronto caerán otros Polonia, Hungría, Francia…

emperador

L. M. se hizo construir una cuádriga y la colocó junto al sofá del salón. Desde entonces ve la tele con el resto de la familia, pero subido en su carroza y con las riendas en la mano. Al principio nos temíamos que trajera un caballo para engarzarlo al carro, pero de momento se conforma con que alguno le sujetemos de vez en cuando la corona de laurel sobre la cabeza.

de ramas y colmillos

Tu eres el último hombre sobre La Tierra. Y él, él es el último tigre sobre La Tierra.
Tu estás encaramado a un árbol de tronco pelado. Él está abajo, tumbado, mirándote.
Tú no vas a bajar. Él no se va a ir.

teorema

Cada vez que abre la boca L. M. suelta un teorema matemático. Por las mañanas, al pedir un café con leche pide una diagonal de Cantor. En el autobús, compra un billete para la constante de Euler. Ya en la oficina, saluda a la recepcionista con una amable alfombra de Sierpinski. Y así todo el día, hasta que por la noche, ya en la cama, le da un beso a su esposa y le desea una buena regla de Cramer. Entonces, en la soledad de la noche, recuerda que ningún matemático ha hecho nada reseñable después de los 26 años. Él, mañana, cumplirá 56.

civilización

L. M. intervino: A mi, diríjase de usted. El otro, molesto por la interrupción, siguió en castellano antiguo. A lo que L. M. contestó en lengua romance. Así que el otro reaccionó en mozárabe. Pero L. M. replicó en latín. Y el otro intentó zanjar el asunto en celtíbero. Hasta que por fin se entendieron a palos.

el intestino y otros animales

L. M. no podía creer lo que escuchaba. Aquello, más que un diagnóstico, era una condena. Por motivos no del todo claros, se había declarado una guerra de bacterias en su intestino y cualquiera que fuera el resultado, él no estaría en el bando vencedor.

el vigilante de pasillo planetario

En 2025 L. M. recibió una visita inesperada. Extrarrestres llegados desde el lejano Gliese 581 c le encomedaron una misión titánica: debía someter a sus coetáneos para así facilitar la posterior invasión del planeta. Pero los gliesanos, convencidos del atávico retraso cultural terrícola, sólo le proporcionaron una gorra de plato y un silbato.

brasil

L. M. atracó un furgón blindado. Llegó al mostrador de Iberia del Aeropuerto y pidió dos billetes en el primer avión que despegara hacia Brasil. Uno en primera clase y otro en la parte trasera del aparato. Justo donde los motores de cola. Uno para él y otro para su conciencia.

procesos

Después de años de práctica, L. M. por fin ha llegado a controlar todos los procesos de su cuerpo. Es él quien determina la fecuencia de su respiración, su ritmo cardiaco e, incluso, cuánto le crecen las uñas. Y aunque puede convertirse en un trabajo rutinario, logístico, aburrido, tiene una ventaja innegable: ahora puede decidir qué, cómo y cuándo piensa.

escoba voladora

L. M. empezó barriendo aquella plaza a los 7 años. Desde entonces, y han pasado más de cinco décadas, ha barrido tantos kilómetros que está a punto de llegar a Cuba.

cuenta cuentos

Un día el ordenador central de la nave dejó de repetir las coordenadas de navegación y comenzó a contar cuentos. Primero contó uno de una oveja daltónica que se muere de hambre porque ve el pasto azul y cree que es cielo. Luego contó otro de un niño muerto porque una tarde aciaga dos familias de bacterias residentes en su intestino se enfrentaron en una lucha fraticida. Más tarde contó el de la pareja de mosquitos que se casaron borrachos tras darse un banquete con la clientela de un bar. Continuó con aquel que un día el ordenador central de la nave dejó de repetir las coordenadas de navegación y comenzó a contar cuentos.

una ligera caída

L. M. tropezó con el escalón y cayó hacía arriba. Despacio primero, más rápido después, se fue elevando con el cielo como destino. Subió un metro, dos, tres… enseguida dejó las farolas debajo. En su subida, inlcuso tuvo tiempo de saludar a los vecinos del sexto, reunidos para una cena familiar. Muy pronto vio azoteas. Y aún, vio como eran cubiertas por nubes. Hoy vive rodeado de Pokemons, unicornios y Winnie de Poohs, en el sitio donde acaban todos los globos llenos de helio que pierden los niños.

memoria

Aunque L. M. crea que sí, él nunca ha tenido buena memoria. Simplemente no se acuerda.

el regalo

Con motivo de la efemérides local, L. M. pretendía donar a la ciudad un regalo magnífico. El regalo con cuya comparación palideciera cualquier otro regalo. Hoy y dentro de 5000 años. Quería donar a la ciudad un presente eterno.


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